Tenía 23 años. Estaba en un polígono en Quito y me ganó la curiosidad de aprender a disparar. Lo tomé como un juego y me puse como una niña pequeña encaprichada en detonar una pistola. El instructor, un cabo segundo de Policía, tuvo paciencia y dijo «bueno, tengo dos municiones para enseñarte».

Un par de minutos duró la explicación de cómo pararme, cómo sostener el arma, cómo apuntar y cómo disparar. Cuando aplasté el gatillo, la bala salió en fracción de segundos. El gatillo era suave, frágil, sensible, sentí que ni lo había presionado lo suficiente y a unos 15 metros de mí, estaban una figura de papel negra con un orificio en el pecho.

Me quedé temblando. Y comprendí lo frágil que es usar un arma. El policía me preguntó cómo me sentía. Le expresé mi pensamiento y me comentó que usar el arma es la última opción, porque al hacerlo, el disparo debe ir directamente a una neutralización del agresor, es decir, matarlo.

Hoy recuerdo nuevamente aquella experiencia, debido a las expresiones públicas de candidatos a la Presidencia, como Guillermo Lasso, que sostienen que el porte de armas sería una solución ante las cifras de delincuencia que crecen en ciudades como Guayaquil, Quito y Cuenca. Y no es percepción. Tan solo a dos cuadras de mi casa, en Sauces 8, norte de Guayaquil, asesinaron a un periodista por robarle. Ocurrió el pasado 26 de noviembre 2020.

Es más, ahora, luego de que se vuelva a enviar un refuerzo de policías a Guayaquil, del 1 al 8 de diciembre hay 303 detenidos según cifras de la Policía Nacional. ¡Más de 300 en una semana!

Pero la cuestión es, ¿tener un arma te hace invencible e inrrobable? Yo creo que no. Es más, considero que en una sociedad como la ecuatoriana, eso solo empeoraría la seguridad. Una sociedad que no puede mantener el distanciamiento, usar mascarilla, respetar normas de tránsito, no debe portar un arma.

Es que si se falsifican documentos, ¿cómo asegurar que no se vayan a falsificar permisos para portar armas? Esto sujeto a que se debe tener un correcto manejo, tenencia y uso de arma.

La segunda que disparé una pistola, tenía ya 28 años. Fui a un polígono especializado para esta práctica. Sin embargo, entre la emoción, la adrenalina, uno se olvida de lo esencial y vital: revisar los seguros del arma, que no esté cargada, antes de manipularla sin técnica.

Entonces, si uno con una mediana preparación se olvida de algo básico esencial, no me imagino la gente que se guinda la mascarilla de babero en la cara. No me imagino el hombre ebrio discutiendo con su mujer. No me imagino el vecino furioso peleando con otro porque bota la basura fuera de horario. ¡Somos una sociedad irresponsable como para manejar armas!

De tenerlas, todo el mundo pegara un tiro por intentar llevarte la cartera. Eso solo nos convertiría en un delincuente. Y así, todos tendrían un día de miér…coles solo por el hecho de dejarse llevar por la ira o la irracionalidad y pegar un tiro hasta porque me miró mal. Porque sí, así es el ecuatoriano, que por tonterías se cae a golpes sobrio, ni se diga ebrio y ni se diga con una pistola en sus manos. Es más, me atrevería a decir que habría un montón de Homeros Simpson, usando el arma para prender la televisión, apagar las luces y finalmente, los Simpson lo habrían hecho de nuevo.