Maradona

El primer recuerdo que tengo de Maradona es gracias a mi papá. Era una niña, 5-6 años, quizá. Don Robles me hizo odiarlos, a Maradona y al fútbol al mismo tiempo. Un odio infantil. En casa, había tres momentos en los que nadie comía o tenía un momento de calma: cuando jugaban Liga de Portoviejo, Barcelona o Maradona. Maradona como equipo, porque nadie decía ‘Argentina’, ‘Boca’, no… Todos decían o gritaban, más bien: “va a jugar Maradona”.

Lo de Liga de Portoviejo lo entendía. Mi papá fue jugador de ese equipo de la ciudad donde nací. Recuerdo que me disfrazaba con aquel uniforme verde y blanco y me llevaba al estadio. Lo de Barcelona, bueno, aún trato de entenderlo. Pero Maradona. ¡Maradona! Un jugador de Argentina, un país del cual lo único que sabía yo, en ese entonces, era eso, que de allí era Maradora.

El ritual era el mismo. Don Robles se paraba frente al enorme televisor Panasonic de doble perilla. Le daba vuelta a una de ellas para cambiar de canal, peleaba con las antenas, que se levantaban perpendiculares sobre la pantalla, y subía tanto el volumen que convertía a la sala de mi casa en una mezcla de sonidos estridentes: alaridos de comentaristas, el ruido de la interferencia de la vieja TV y los propios gritos de Don Robles.

En un hogar donde, además de él, reinaba el machismo, ni mis dos hermanas, ni mi mamá o yo podíamos emitir sonido mientras ese balón estuviese rodando por el gramado que, con la mala señal televisiva que había en Portoviejo hace más de 25 años, parecía una mancha verdosa con 22 puntitos que se movían como el juego de packman.

Yo no entendía nada. No entendía por qué Don Robles sudaba, gritaba, lloraba, reía y, si había goles, celebraba como si no hubiese un mañana.  Qué lindo era el triunfo en el fútbol, y eso que yo lo odiaba con pasión. Don Robles, parco como ninguno, mostraba esa sonrisa hermosa que pocas veces vi, enmarcada en un bigote que desapareció con la edad. En un hogar donde a veces faltaba plata para ropa o cuadernos, las sonrisas eran como estrellas fugaces. Hay cosas que, para entenderlas, hay que mirarlas desde lejos. En mi caso, 25 años lejos.

Maradona murió el 25 de noviembre de 2020 y en lo primero que pensé fue en esa sonrisa. ¿Cómo algo que desearíamos odiar con toda el alma se nos hace imposible al mismo tiempo? Nunca había pensado en la muerte de Maradona. Supongo que en personas como él, más se piensa en la inmortalidad.

De todos modos, empecé a googlear la noticia y sentía una repentina opresión en el pecho. Jamás pensé que un sentimiento parecido a la tristeza se iba a dibujar en mi alma. Y mientra Google hacía su trabajo, solo recordaba la sonrisa de Don Robles. La sonrisa Maradona.

Ya no soy una niña. Crecí, aprendí. Me enteré, incluso, de que aquel hombre a quien todo el mundo llamaba dios, estaba señalado por violencia de género, pederastia, machismo, que era adicto a las drogas, grosero, hostil… Había muchos más motivos para aborrecerlo que el berrinche de una niñita que no podía ver caricaturas en la TV mientras él jugase.

Y sí, antes de su muerte me cuestioné muchas veces por qué un hombre como él despertaba todas esas pasiones. Y volví a recordar la sonrisa de Don Robles. Maradona no es fútbol y quien crea lo contrario debería revisar la historia. No, no solo la historia del fútbol. La historia de nuestra tierra, de nuestra gente, de nuestros dolores.

Maradona es Don Robles. Maradona soy yo. Maradona es un espejo. ¿A que no siempre nos da gusto mirarnos al espejo, no? Maradona es una ilusión. El pelado de barrio que se convierte en Dios. O, en términos más comerciales, es La Cenicienta, pues. Me recordé, a mis 17 años, cuando gané mi primer sueldo. A la muchacha que no tenía ni para la matrícula de la universidad y lo primero que hizo fue comprarse un par de zapatos.  Quienes crecieron en un hogar donde se ‘hereda’ la ropa y calzado de los primos y en el que comprar zapatos es una exclusividad anual, me entenderán.

Maradona es un hombre que a punta de patadas sacó lágrimas de alegría y de esperanza a un país donde el hambre destrozaba estómagos. Sus goles se convirtieron en pan y en consuelo. ¿Saben ustedes qué es eso? Quizá, no. No todos vivimos la misma realidad. Y no, tampoco es bueno aplicar eso de ‘una cosa buena borra una mala’, (lo que malo signifique para usted).

Y, aunque sí, me picaron las manos para tuitear sobre las rabietas que me hizo pegar cuando era niña, pensé en todas aquellas personas que saciaron el hambre con sus goles. ¿A quién le importa que la niña Gelitza no endiose a Maradona? A nadie. Decidí guardármelo y recordar la sonrisa de Don Robles. Maradona no es fútbol. Maradona fue sonrisas y fue lágrimas.

Entendí qué tan en la mierda debemos estar para que un solo hombre pueda lograr lo que deberían nuestros líderes: darnos alegría, un poco de sosiego. Sí, aunque sea por 90 minutos, a punta de ilusiones y un juego que pone a babear hasta a una ignorante del fútbol como yo. A un hombre que estremece la red con la mano y esto lo convierte en dios. Tan en la mierda estamos para sacar alegrías de donde no está permitido.

Con la muerte de Maradona me vi mí misma, cuando he pasado momentos de angustia, rabia o tristeza, yendo a gastar la plata que no me sobra en cervezas, que también es droga, para ‘ahogar las penas’. ¿Con qué cara voy a criticarlo al man por sus adicciones?

Pensé en lo difícil que es ser dios. Pensé, incluso, en el dios del Cristianismo, que es la religión con más adeptos en el mundo.  Tantos que dicen seguirlo, pero tan pocos hacen lo que él manda. Qué difícil ser dios. Qué difícil ser Maradona.

Pensé en todos los hombres y mujeres a los que no nos reconoce ni nuestro vecino, pero que criticamos a las mujeres por cómo se visten, que las encasillamos en estereotipos, que vemos cómo las matan y las violan y no hacemos ni puto caso. Todos somos Maradona, pero un Maradona que no juega ni macateta. Todos somos Maradona, pero uno al que los flashes no apuntan y podemos beber, corear canciones misóginas, insultar, criticar, maldecir y pasar desapercibidos.

Pensé, y repensé en lo difícil que es ser dios. Pensé y repensé en lo difícil que es no poder esconder los pecados en el anonimato. ¿Cuántos pecados hemos guardado en nuestro anonimato? Pensé en mis propios pecados y en los de Maradona que, mientras estuvo vivo, ignoré. Pensé en que el machismo no se apellida Maradona y en lo fácil que es para nosotros usar el índice. El machismo está ahí y se apellida (introduzca aquí el primero que haya tenido cerca).

Pensé también en aquellos que fustigaban el duelo de otros, que criticaban las lágrimas derramadas por un hombre que vivió, entre otras cosas, hundido en adicciones y actos de hostilidad. Gente que, antes de la muerte de Maradona jamás había levantado la voz para gritar, por ejemplo, por Petita Albarracín y su hija Paola, por Diana Carolina, por las más de 100 mujeres asesinadas este año por la violencia machista. Pensé en que ojalá la muerte de Maradona sirva para visibilizar aún más esa violencia. Su vida, la que corría por las venas de sus piernas, que sus adicciones cortaron, ya valió muchas alegrías. Ojalá que su muerte nos siga evitando penas.

Y, finalmente pensé en que ojalá Maradona sea tan grande como dicen para que estos nuevos defensores de la violencia machista se unan a quienes, de una u otra forma, han luchado para que este mundo sea más respetuoso y equitativo.  Se unan a quienes luchan sin que los motive la muerte de un futbolista o de un D10S.

Maradona es un espejo. En todo lo bueno y lo malo que esto signifique. Muchos tienen la valentía de mirarse en él, de enfrentarse a esos demonios, y otros quizá le den la espalda, insultando, alejándose de esa realidad. Y está bien. Hay realidades, como reflejos, que son difíciles de mirar.