Sonrisa

La primera vez que vi a Andrea, lo que más me llamó la atención fue su sonrisa. Amplia y enmarcada por labios rojos.  Tenía un lápiz Mongol  en su mano derecha. Esos a los que  yo le clavaba los dientes en la escuela, ella lo usaba para pintar al carboncillo.

Volvamos a la sonrisa. Cuando se ríe, es de esas personas a las que se les hacen los ojos pequeñitos. También cuando llora. No recuerdo la fecha de esa primera sonrisa, pero sé con exactitud el día en el que su llanto, o lo que lo provocaba, me estrelló contra un muro que segrega odio,  como vidrios que laceran la piel.

Fue el 28 de octubre de 2020. Me saltó una alerta en Facebook. Era una transmisión en vivo, que usualmente me valen Trump (Un pana me dijo que no usara la palabra ‘verga’ porque es valiosa. Estuve de acuerdo).  Esta vez no ignoré.

Decía que tenía que contar algo importante. Una decisión que había tomado. Más que las palabras, su semblante marchito y ojos hinchados me hipnotizaron ahí. Claro que reconozco un semblante marchito y ojos inflados por la pena. Los vi seguidos durante algún tiempo en mi espejo del baño.

Su novio había fallecido. Era cuidador de carros en el centro de Guayaquil. Andrea vive en condición de calle desde hace algunos años, no porque no quiera trabajar y de eso les detalló más adelante. Antes de morir, su ‘viejito’, como  le decía de cariño porque le llevaba algunos años, le dejó el puesto de trabajo para que, al menos, ganara unos centavos que la alejaran del hambre.

Para sobrellevar el dolor de no tener más a la persona con la que compartió 10 años de su vida, se instaló entre el smog y el alboroto del centro porteño. Un trabajo, al fin. Esa palabra, ‘trabajo’, que para muchos es sinónimo de alegría, para Andrea siempre ha representado humillación, peleas, desprecio, injusticia, dolor.

Y aunque pensó que esta vez sería diferente, lo que siempre le ha pasado, desde que dejó de verse como Geovanny, para ser Andrea, volvió a ocurrir. ‘Ser’. Esa palabra también representa, para Andrea, lo mismo que la palabra ‘trabajo’. Qué fácil parece la idea de ‘ser’. Ella nació biológicamente hombre, pero se siente como una mujer. Quiso ser una mujer.

Desde que la conocí, pintando sobre un cuaderno a un personaje que creó, la muñequita Andy, –porque sí, Andrea es una artista- siempre admiré de ella lo orgullosa que se siente de ser mujer. De ser mujer trans. Es una bandera que levanta, estoica, aunque el asta esté repleta de espinas.  Nunca he visto tanta valentía como en los trans. Van con todo, contra muchos, incluso contra ellos, para ser. Para poder ser.

En su primer trabajo, cuando era una veinteañera, no la dejaban usar el cabello largo, hermoso y ondulado que tiene. Menos, ropa de mujer y maquillaje. Volvía a ser el Geovanny que jamás se sintió. La botaron en cuanto notaron un poco de delineador negro que le costó retirarse antes de salir de casa.

Ya en la calle, usaba su talento para esculpir y dibujar. Hacía figuritas para vender con todo el material que el pavimento le depositara en las manos. Eso, al parecer molestaba a la policía porque le destruían su material a cuento de que no podía usar la vía pública para eso.  Quizá tenían razón, pero los golpes e insultos que usaban estaban de más. Siempre están de más.

Yo podría quedarme toda la noche contando las veces que el odio irracional le ha escupido la cara a Andrea de tantas formas cuando su único pecado es querer ser. Querer ser mujer, querer ser una artista, querer ser una trabajadora, querer ser feliz, Querer ser.  

Un viejo indecente y borracho, como es la gente decente, dijo que la civilización es una causa perdida; la política, una absurda mentira (y en Ecuador lo sabemos); y el trabajo, un chiste cruel”. No sé si Andrea ha leído a Bukowski, pero estoy segura de que estará de acuerdo con él, al menos en esto.

Ese 28 de octubre, Andrea ya no podía más. Apenas empezó a trabajar en el puesto de su novio, otros cuidadores de carros le volvieron a dar de beber ese trago agrio de la discriminación. ¿Acudir a la policía? No la ayudaron. ¿A la Fiscalía? Menos.

Por cada una de esas personas, iba tragando una pastilla con alcohol porque ya no quería despertar. Esa mujer, orgullosa, trabajadora y talentosa ya no quería despertar. Ese 28 de octubre, Andrea me hizo llorar. También a mí se me ponen los ojos y el corazón chiquitos cuando lloro. No sé cuántos mensajes le envié ya. No leía. No tenía su número y en Facebook no contestaba. “Si hago esto en vivo es porque no me quiero sentir sola”, repetía mientras iba, zampándose como agua, tragos largos de alcohol. Según varias organizaciones, como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), la expectativa de vida de las personas tras en Latinoamérica es de 35 años. ¿Adivine por qué? Por el odio y sus derivados.

Andrea y yo nunca fuimos amigas, pero en ese momento la discriminación y la transfobia me recorrían la cara en forma de lágrimas. ¿Saben cuántas veces he escrito sobre asesinatos y suicidios trans en los periódicos donde he trabajado? Nunca había sentido uno tan dentro. Estaba pasando ahí, en directo, como una película de terror.

Era la mujer de labios rojos, sonrisa amplia y ojos pequeñitos. Esa que alguna vez entrevisté y admiré porque soñaba, con su personaje de la muñequita Andy, contar mensajes para que los niños entendieran qué era la transexualidad y evitar, a través de la educación, el odio. ¿Hermoso, verdad?

Me contó, en una entrevista, que su más grande sueño era que su Andy fuera una especie de Barbie, de Bratz, que protagonizara cuentos que le mostraran a la gente que las ‘princesas’ tienen otras formas, otros sueños. Que hay más protagonistas que las que dejan zapatos en bailes o esperan a que un ‘príncipe’ las rescate.

Hay protagonistas que se rescatan solas, como Andrea. Un par de días después, luego de que alguien llamara a la Policía para evitar que cumpliera con su anhelo de no despertar, aceptó mi invitación a comer. Hay protagonistas de cuentos que tienen amigos que les planchan el pelo, que las maquillan y la dejan hermosa para una salida con una periodista. Imaginen lo halagada que me sentí.

Fui con dos amigas, Annabell y Vanessa, y la escuchamos hablar y hablar toda la noche. Apenas nos vio empezó a hablar de todo. Desde el significado de Queer hasta el origen de su nacimiento en Babahoyo.

Yo ya conocía a la perfección la historia de Andrea, porque estoy escribiendo una semblanza para el periódico en el que trabajo (que tienen que leer), pero mis amigas, no. Lo único que alcanzó a decir Vanessa, con los ojos tan llenos de lágrimas como los tenía yo, era que la admiraba.

¿Saben qué? Yo también la admiro. También te admiro, Andrea. Te lo dije esa noche en la que probaste la sangría y te gustó. Te lo dije luego de un par de días, en el que me evitaste almorzar sola, como me toca en mis guardias. En el que me sugeriste compartir un plato de chaulafán enorme y quedamos repletas. Yo quedé repleta, pero no estoy hablando de mi panza.

Y sabes, aunque me dijiste que la pena era tan grande que a veces preferirías no volver a despertar, creo que este mundo necesita de más mujeres como tú. ¿Sabes por qué? Porque yo sé lo que es no querer despertar y sacarse la puta para ponerse de pie y caminar. Repito, Andrea, necesitamos más gente así, como tú, que hable de una forma tan transparente y apasionada del amor de su vida; que  no importa cuántas veces se tropiece, se vuelve a levantar; y que, a pesar de creer tener poco pueden darlo todo.  Que te hagan dar cuenta que lo material vale Trump.

Ese día, que creo que no te lo dijimos, nos diste mucho. Nos diste todo. Ahora te pido otra cosa, que sé que puede ser complicada, pero te conozco y sé que puedes, porque si no, no te lo pediría.  Regálame la sonrisa enmarcada de rojo del primer día en que nos vimos.