GEMA drogas Baeza

Una ligera neblina hace de telón para cubrir el cuartel del Grupo Especial Móvil Antinarcóticos (GEMA), en el cantón Guagrayacu, en Baeza, provincia de Napo. Aquí se instruye al brazo armado de la lucha contra las drogas de la Policía Nacional.

El cuartel está rodeado de montañas y bañado, en uno de sus extremos, por un río que nace del Antisana. En esas aguas heladas, 33 hombres que viven en ese cuartel se sumergen para enfriar y relajar sus músculos luego de dos horas de entrenamiento. Ellos salen con el alba a trotar o practicar crossfit. Así inicia una rutina llena de disciplina y adrenalina.

El GEMA nació en agosto de 1993 para combatir el problema del narcotráfico en la frontera Ecuador-Colombia. Su tarea inicial fueron los patrullajes fluviales. En diciembre de ese año, un grupo de uniformados fue atacado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Esa emboscada dejó como resultado siete policías muertos, 12 desaparecidos y cuatro embarcaciones destruidas, recuerda el mayor Juan Carlos Barahona, jefe nacional del GEMA.

Dos años después, en 1995, la Embajada de EE.UU apoyó el fortalecimiento de la unidad. Esto abrió una gama de funciones para los comandos tácticos como intervenciones antidrogas, fluviales, inspecciones subacuáticas, apoyo táctico, destrucción de laboratorios y plantaciones y control terrestre.

Desde entonces, su entrenamiento y trabajo está lleno de rigor. Luego de un ejercicio matutino para mantenerse en forma, los comandos alistan su uniforme así como un cirujano se prepara una operación. Se ponen un pantalón y chaleco camuflaje gris, cinturón negro, guantes y botas.

Luego, sacan unos pequeños tubos de pintura verde, café y negro. Con las manos se pintan la cara para completar el camuflaje. El siguiente paso, y el más importante, es revisar el armamento que llevarán para la trayectoria: una pistola glock calibre 9 milímetros y un fusil M4 con varias municiones 5,56.

Patrullaje del GEMA en montaña

Ligeros de ‘equipaje’, un grupo de cuatro agentes realizan patrullaje preventivo en montaña. El recorrido dura cerca de dos horas. Es aleatorio y tiene como finalidad detectar caminos clandestinos que usan los narcotraficantes para pasar droga en ‘mulas’ humanas. Es decir, pagan a una persona para que lleve algunos kilos por esos senderos y así evadir los controles viales.

Durante el trayecto, las botas se llenan de lodo y el sudor se mezcla con la pintura facial. Deben estar alertas. Un paso en falso puede significar caer al vacío. Al sumergirse en el follaje verde, los comandos agudizan sus sentidos y se ponen alertas ante cualquier movimiento.

Con cautela, avanzan de dos en dos en las planicies, siempre alzando el brazo derecho como señal de ‘avancen’, ‘despejado’. Estos controles son diarios.

Incursiones y destrucción de laboratorios

Mientras un equipo recorre parte del bosque tropical, otro grupo se alista para incursionar un laboratorio de procesamiento de droga. La vigilancia del mismo está al mando de un agente camuflado entre los arbustos con un traje especial que lo hace ‘invisible’. Cuando él da la señal, los demás se preparan para rodear la casa y entrar.

Entre el silencio de la montaña, retumba el sonido de una puerta caer. Luego los gritos unísonos de «¡Alto, Policía!». Este ingreso se realiza en cuestión de minutos. Ese es el tiempo suficiente para neutralizar a los sospechosos, requisar el sitio y, en caso de ser un laboratorio de procesamiento, destruirlo.

A escala nacional, son 219 los comandos del GEMA. Están distribuidos en Guayaquil, Baeza, San Lorenzo, Manta, El Chaco y Quito. Sin embargo, todos inician su formación en el cuartel de Baeza. En ese sitio, en un clima de 10 a 30 grados, forjan sus raíces y fortalecen sus destrezas físicas y mentales para soportar condiciones extremas.

El curso para ser comando GEMA dura aproximadamente seis meses. Los aspirantes deben pasar una serie de pruebas físicas, como trotar en un tiempo determinado 12 kilómetros, cargando bultos de arena. Solo es el inicio. La ‘graduación’ consiste en sobrevivir una semana sin comer, cinco días en la selva. Esa es la llamada prueba de supervivencia y los mandan con tres fósforos y una gallina viva.

Durante los seis meses, los comandos no solo aprender técnicas de supervivencia. También incursiones tácticas, rescate, rapel y el uso de los fusiles con precisión.

También les enseñan el servicio a la comunidad. En Baeza, los moradores tienen respeto y admiración por los uniformados. El capitán Christian Zarria sostiene que cuando se necesita el apoyo en desastres naturales o rescates, ellos apoyan a los Bomberos y ayudan en lo que sea necesario para salvar vidas.

Un rescate puede consistir en bajar con ayuda de sogas por una quebrada. Por eso, en el GEMA existe una torre de entrenamiento de aproximadamente seis pisos. No existe el vértigo ni los nervios. Como si se tratara de un camino plano, los agentes saltan y dan pasos firmes en el aire. Así también se capacitan para saltar desde helicópteros durante operativos antinarcóticos.

Productividad en decomiso de drogas

El comandante Barahona señala que de enero a septiembre de 2020, incautaron 5,2 toneladas. Estos decomisos se realizaron en coordinación con otras unidades antinarcóticos especializadas.

En Baeza por ejemplo, los agentes vigilan la vía que conecta el Oriente con la Sierra las 24 horas, los siete días. Su labor consiste desde requisar vehículos particulares hasta buses interprovinciales y camiones de cargas.

Zarria considera que esta es una de las principales labores que realizan con mucho cuidado. De ese control depende que la droga que proviene de Colombia e ingresa por Sucumbíos llegue a los mercados internos del país.

La experiencia es vital para detectar los cargamentos. Un gesto, una señal, o incluso un objeto, hacen que el agente determine la posibilidad de droga oculta. Esto les permite ser más rigurosos y descubrir cargamentos ilícitos escondidos en sitios donde no cabe la imaginación.