corrupción hospitales Guayaquil

Desde el 2016, el «¿por qué?» se transformó en la única pregunta sin respuesta en mi vida. ¿ Por qué mi mamá? ¿Por qué nosotros? Hoy, cuatro años y un mes de sentir su ausencia permanente, la falta de guía y el calor de una madre, esa pregunta retumba en mi cabeza. Esta vez con una posible respuesta.

¿Por qué recién el Ecuador se indignó ante tanta corrupción en los hospitales? Algo que no es nuevo y que yo viví sin la necesidad de una pandemia. Nos indignamos porque mientras faltaban camas hospitalarias, no había medicinas, no había ni mascarillas en farmacias y la gente agonizaba al pie de una casa asistencial, 17 personas armaron una presunta red para vender insumos médicos a esos hospitales donde las personas fallecían. Uno de esos perjuicios al Estado y a los ecuatorianos fue por $11,9 millones solo en el hospital Teodoro Maldonado Carbo del IESS.

Sí, ese hospital que significa para mí el infierno en vida. El hospital donde unos hijos de (ingrese su mala palabra favorita) se negaban a atender a mi mamá inconsciente, en silla de ruedas, con las fuerzas suficientes para respirar. Ese hospital al que, desde el 2016, le faltaban camas. Mi mamá tuvo que esperar en coma, en el pasillo de emergencia, cinco días para acceder a una. Cinco días que no la dejé sola, y compadecí a los ancianos y enfermos críticos cuyos familiares se resignaban a las negativas de funcionarios públicos y desistían de intentar estar ahí adentro con ellos.

Vuelve a mí la pregunta, ¿por qué se indignó el Ecuador ahora? Pues porque la emergencia sanitaria por el COVID-19 nos golpeó a todos. En especial a los guayaquileños, que evidenciamos como película de terror los fallecidos en las calles. Porque la falta de medicinas o atención le pasó a la mayoría de ecuatorianos y no a una mamá inconsciente a la que un enfermero de mierda le negaba un suero «porque sí».

Pero, ¿por qué no fuimos solidarios antes con el dolor ajeno? Este 2020 la pandemia trajo una ola de solidaridad cibernética y de personas que decidieron denunciar públicamente lo que pasaba en los hospitales. En 2016, yo apenas y era una loca histérica en redes sociales, cuyo tuit «¡Atención IESS, mi mamá se muere!», pasó desapercibido. Y no mentía. Mi mamá se moría, se murió.

Archivo personal. Foto tomada al interior del hospital Teodoro Maldonado Carbo. Julio 2016.

Mi publicación quedó ahogada entre propaganda institucional. Quedó ahogada, seguro, entre los resultados del » ESTUDIO DE MERCADO SOBRE LA IMAGEN DEL INSTITUTO ECUATORIANO DE SEGURIDAD SOCIAL EN LA CIUDADANÍA A NIVEL NACIONAL», por la que esa entidad pagó $227,000.00 en febrero de 2016, según consta en el Portal de Compras Públicas.

Un día antes de que cayera en coma, solo una periodista de un canal televisivo hizo eco de mi denuncia. Solo una, de una veintena de colegas que etiqueté y que escribí pidiendo ayuda. Este año, todos hicieron eco de las denuncias hospitalarias.

¿Por qué ahora y no antes? ¿Por qué esperaron que les pase a todos y no a uno? Porque la injusticia contra un número reducido de personas no es agenda mediática. La pandemia y las decenas de muertes, sí. Esa denuncia que ventilé en redes sociales en aquel tiempo no era de una persona cualquiera. Era mi mamá, el pilar de todas mis decisiones, la mujer que me impulsaba a que uno debe vivir los sueños y no soñar la vida. Este año fueron las mamás de muchos y solo por eso, Ecuador reaccionó.

¿Por qué Ecuador se indignó ahora? Porque a muchos recién este año los indolentes médicos los mandaron a morir a casas. Aún recuerdo la amarga mañana de agosto, en la que el jefe de Oncología del IESS me mandó a casa. Que me lleve a mi mamá con el «ella no va a mejorar» repitiéndose en mi cabeza. Y ahí supe que con una frase también se mata. Se matan las esperanzas de un milagro.

¿Por qué lo permitimos? ¿Por qué no nos indignamos antes, cuando era una retórica «la cita rápida del IESS»? Si tú, ellos, todos, hubiéramos reaccionado antes, quizás la indolencia de un sistema de salud precario hubiera sido menor. Y los robos descarados de dinero también.

Si crees que esté es apenas un día de miér…coles, para mí fueron muchos. Al menos contabilicé unos 15 días de miércoles, que peleé sola ante un monstruo llamado corrupción. Y ahora, te vuelvo a preguntar, ¿continuaremos peleando contra esa bestia que te roba la vida cuando la pandemia se vaya?