miedo

Aún sentía la taquicardia que nace del miedo. Ya estaba en casa, segura, pero el corazón agitado en el pecho. Hacía unos minutos, un hombre había decidido que era gracioso mostrarme su pene mientras caminaba del periódico a mi casa.

Era tan delgado que, cuando lo vi a lo lejos, caminando en sentido contrario a mí, solo pensaba que se parecía a Mumm-Ra, el Inmortal. Cuando era niña, me daba terror ese personaje de los Thundercats, al igual que me dio terror ese hombre cuando, a un par de metros de distancia, se bajó la pantaloneta mugrosa que le ‘nadaba’ en las caderas y me mostró su miembro flácido.

Mi primera reacción fue lanzarme de la vereda a la calle. Así, sin mirar si venía un carro. Sin pensar. Lo único que sentía era el corazón agitándose del miedo. Corrí un poco a la par que miraba hacia atrás para ver si no se regresaba el tipo sin camiseta y con las costillas brotadas.

No se acercó. Siguió él, como si nada, muerto de la risa por su hazaña. Una carcajada como la de Mumm-Ra. De villano. Yo, en cambio, aceleraba el paso y analizaba todo lo ocurrido que, con menos suerte, pudo terminar en una violación o con mi muerte.

¿Creen que exagero? Hasta el año pasado, en Ecuador, se registraban en promedio al menos 40 denuncias diarias de violación. Esto, teniendo cuenta de que hay un subregistro elevado.

También me reproché la imprudencia de haberme lanzado a la calle, muerta de miedo. ¿Y si me mataba un carro? Mis pasos ahora se convirtieron en trote. Quería llegar a casa lo más pronto y, en el camino, lo único en lo que pensaba era en la delgadez del tipo que, por su aspecto, probablemente era un indigente.

Me recriminaba mi propio terror. Yo, que siempre me gusta arengar a una que otra mujer a que no tenga miedo de actuar cuando siente que es violentada. Yo, que vivo sacando pecho de mi propia fortaleza, y no estoy hablando de la física, aunque fácilmente hubiese podido pegarle un rodillazo en las pelotas al muy conchesumadre para que se le quitaran las ganas de andarlas exhibiendo.

Pensé que, en muchos casos, está bien estar conscientes del miedo, porque es el primer paso para determinar que algo no está bien.   ¿Recuerdan las denuncias?  Pues no reflejan en realidad  los casos de violación o abusos sexuales que ocurren a diario en nuestro país.  No todas las víctimas denuncian porque algunas han tenido tan poco acceso a educación sexual o a información que las oriente, que no saben que están siendo violentadas.

Pues miren, solo hace menos de un mes, un pastor evangélico fue arrestado porque durante años y tomando la ‘palabra del señor’ para justificar sus actos, violaba a menores de edad. Algunas de ellas, confiaban en la ‘bondad’ del hombre y, al parecer, no veían malicia en aquellos actos aberrantes. Falta de información, porque hasta eso nos han negado.

Y esto es más común de lo que ustedes creen. En 2018, me enviaron a una cobertura en una zona rural y recóndita del cantón Atahualpa, en El Oro. Un padre violaba de manera recurrente –y durante años- a sus hijas, y a causa de ese delito, una de ellas había quedado embarazada. Luego de unos años, violó a su hija-nieta. Su hija-nieta quedó embarazada y dio a luz al hijo de su abuelo. ¿Confuso? No, confuso no. ¡Monstruoso! Lo peor es que, cuando al fin logré hablar con la nieta, que cargaba en brazos a su bebé, quien a su vez era su hermano y su tío, me dijo que “quería que sacaran de la cárcel a su papá” porque era el que les daba el dinero para comer. ¡Esto sí me voló la cabeza!

Pero saben qué, es fácil juzgar desde lejos, criticar  y decir cosas como: “eres una tonta”, “¿por qué no lo denuncias?”, “seguro andabas caminando sola y por eso te atacó”, “eres una mantenida, por eso te pasan las cosas” y mil y otras oraciones que, sin el contexto adecuado, pueden resultar dolorosas y revictimizantes.

Por primera vez en mucho tiempo pensé en lo importante que es la empatía. Lo drástico que es pasar del dicho al hecho. Yo, que siempre digo “no tengas miedo”, temblé de terror con el gesto de ese asqueroso. 

Aún me temblaba la mano cuando abrí la puerta de casa, encendí la laptop y decidí que todo esto fluyese. Iba a escribir sobre otra cosa para inaugurar esta columna, pero he elegido este desahogo para hacerlo. Aunque reconozco que más me hubiese gustado pegarle el rodillazo al imbécil ese.

Pensé en la importancia del contexto, de la compañía, de la información. Pensé en la importancia de los procesos de cada uno y de respetarlos, en lugar de juzgarlos. Mientras escribía, miraba a mis flores. Cada mujer es como una de ellas. Unas son petunias, que florecen más rápido y, otras, gerberas, que tardan un poco más, pero cuando lo hacen, todas son preciosas y coloridas.

Seguramente, mi miedo me acompañará durante mucho tiempo, porque lamentablemente nos pisaron la cabeza por demasiados años. Pero eso ya no nos impide caminar y ayudar a otras a caminar. Eduardo Galeano dijo que “el miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo’’.

Gelitza Robles